¿Podría encontrarme templado ante el vecino huracán?, ¿enfrentarme a la tormenta?,
pequeño, pequeño, en el crepúsculo. Nada sé, a todo temo, tiemblo al unísono con el pecho inflado de mi madre, dentro anidan cuervos, y monstruos de locura, aprisionados esperan el amor de una mujer para calmar sus ansias de destrucción y muerte.
Réquiem de vida, fluye para desembocar en mares negros, desde lo profundo gases de bacterias ya inertes tejen el espejo verde donde el infame encontrara su imagen trizada, deformada. La violencia, divina violencia, arma del compungido, canes furiosos y hambrientos, salvajes, encadenados a la conciencia, en el desierto, en el anochecer oscuro de
El dolor, escultor del temple, forjador del hierro, ha esclarecido el vidrio de tus ojos, ven a través del cuerpo, tus oídos han sintonizado el quiebre de mi voz, sus tonos de brea, su espesa consistencia, su indolencia.
Cuando no estas, eres un murmullo ante el grito mudo de la displicencia, la espera se hizo fútil, un arroyo desde la alta montaña quería ser río, quería ser mar, pero termino siendo vapor industrial. Regurgita el lodo negro de tus entrañas, los gusanos del vientre te han vuelto inquieta. El mundo secreto de mis sueños escudriña en tu vida ausente, ¿que serás cuando yo no estoy?...
